Los astros: creer o no creer

Solemos pensar que el horóscopo es un asunto de brujas y de magia, cuando, en realidad, no está tan lejos de la ciencia.

Partió la baraja en tres y la puso boca abajo sobre la mesa. “Elige una de cada una”, me dijo. 

En el 2018, el crecimiento económico global será del 3,6%. La economía predice. El río San Juan, en el Chocó, podría desbordarse por culpa de las lluvias que no cesan desde agosto. La física, predice. El aumento de las tensiones armónicas y el comienzo de un ritardando anuncia los últimos acordes de una pieza. La música predice. En 24 horas, una dosis de penicilina hará desaparecer el 80% de los síntomas de cualquier infección bacteriana. La medicina predice. Si no salgo ya, llegaré tarde. Si no la llamo, se va a enojar. Si no lo pongo donde pueda verlo, lo olvido. Las personas también predicen.

 

No hay nada mágico en encontrar relaciones causales que hablen del futuro y tampoco hay nada nuevo en hacerlo. En la antigüedad, el hombre explicaba los fenómenos terrestres a partir de los fenómenos celestes que percibía. Inundaciones, vientos insalubres, el nacimiento de las cabras. Todos se ceñían a un orden natural predecible, según la posición de los astros. “La astrología es una herramienta de diagnóstico irremplazable –dice Norberto Miguel García, astrólogo y astrónomo argentino–. Nos explica qué pasó y por qué pasó, pero no adivina lo que viene. Si alguien pudiera hacerlo, estaría ganándose el Baloto todos los días y no haciendo consulta”.

 

Y es que, a pesar de lo obvio, la lectura de los astros no está tan lejos de la ciencia. La astronomía y la astrología fueron por mucho tiempo una misma rama. Egipto, Grecia, Persia e incluso India estudiaron el cielo para entender sus civilizaciones. Mapas celestes para guiarse cuando salían a cazar, fases lunares para lidiar con las mareas, órbitas planetarias como regentes de comportamiento. Todo siempre al servicio de la vida en comunidad. La separación vino casi tres mil años después, cuando, en palabras de García “importó más el poder que el ser y se convirtió en un asunto individual”.

 

 

Saqué tres cartas y les di le vuelta. La torre, el ermitaño y el 10 de espadas. 

 

“Decidiste nacer con luna llena –me dice el astrólogo y también antropólogo Mauricio Puerta–. Un agosto, una noche, un lunes. Digo decidiste porque no es cosa del azar. Elegiste ese instante para dar tu primer respiro. Con el sol en Leo, con tu ascendente en Aries. Con nueve planetas en fuego. Escogiste estar en la casa cinco. La de la creatividad, la del amor, la de los hijos. Escribiste tu libreto. Quisiste así tu carta astral”.

 

“Pero como con todos los libretos, tienes muchas maneras de seguirlo. Si sabes que va a llover, puedes salir con paraguas, quedarte en la casa o mojarte en una esquina. Funciona igual. Depende solo de ti. Y es que todos estamos hechos de lo mismo. Aire, tierra, agua y fuego. Las estrellas, los planetas, los astros, los hombres.

 

Los elementos se comunican, influyen unos en otros y suenan. Sí, suenan como suenan las voces cuando cantan. Lo dijo Pitágoras hace cientos de años: “los planetas tienen su propia música”. Pero el ser humano perdió su agudeza y ya no puede oírlos. Los signos del Zodiaco vibran también. Y así, signos y planetas, planetas y hombres, están juntos en la misma sinfonía. Leo vibra como vibra el sol, y el sol, creador de todo, no es más que fuego. Eres fuego, mi niña, y conocer la posición de los astros cuando naciste es la mejor forma de no quemarte”.

 

 

¿Ves esta mujer? Parece presa entre espadas, pero en realidad está libre. Solo necesita del ermitaño, de la reflexión, del desapego para soltarse. “Lo que hoy tenemos es una instrumentación de las artes y les digo artes, apelando a que en ellas no hay nada que pueda ser demostrado”, dice Diana Castro, astróloga y economista de profesión. La cábala, el tarot, el I Ching. Todos son oráculos, herramientas en las que se puede confiar o no confiar. Creer o no creer. Al mirarlo como hielo, el hielo es hielo, pero al mirarlo como agua, también es agua.

 

El tarot, quizás el más famoso de occidente, es un juego iniciático que intenta explicar el presente a través de una baraja de cuatro palos que representan los elementos de la naturaleza y de veintidós arcanos mayores que significan la vida en arquetipos: el Papa, el rey, el presidente, el amor, la muerte y 17 más. El I Ching juega con las polaridades del Ying y el Yang, la intuición y la teoría del devenir. La cábala es una tradición mística que comenzaron los judíos cuando fueros esclavos en Egipto. Una que reemplazaba las letras del abecedario por números para transmitir mensajes en código sin ser descubiertos.

 

Todas son herramientas de la astrología. Puentes físicos que conectan al lector con la psiquis del leído. Que vuelven consciente lo hasta ahora inconsciente. El espíritu, según los griegos. Las emociones, el intelecto y la voluntad, según los psicólogos. El ‘ello’ en el mundo freudiano o el ‘inconsciente personal’, según Carl Jung. Tantas definiciones como autores, pero en esencia, la misma idea: los oráculos son formas tangibles de contar lo que somos, pero aún no conocemos. “No es necesario ver algo para saber que es cierto –dice Castro–. Yo soy yo con todo lo que hay a mi alrededor, con lo que veo y con lo que no”. Creer o no creer. Confiar o no confiar. Al mirarlo, el hielo es hielo, pero también es agua.

 

Partió la baraja de nuevo y la puso sobre la mesa. “Una de cada una”, volvió a decirme.

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